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Una cultura más accesible, por favor.

Si bien es cierto que el hecho de vivir en una ciudad multiplica las posibilidades de asistir a diferentes ofertas culturales, ¿por qué cada vez nos lo pensamos más?

Gran parte del público llega de fuera para visitar exposiciones de fotografía o ir a obras de teatro. Incluso los edificios religiosos se han convertido en objetivo de los que vienen de fuera, convirtiéndolos así más en museos que en lugares de veneración.

Entiendo que visitar una catedral tenga un coste, es más, es necesario para su conservación, pero el precio a veces es tan excesivo que te planteas muy mucho si re-visitar una de estar reliquias arquitectónicas y todas las joyas que en ella residen.

Entendiendo la cultura como una necesidad del ser humano, un bien más al que todos deberíamos tener acceso, resulta complicado pensar que el simple hecho de ir a ver una película al cine se esté convirtiendo en una actividad de lujo relegada a ocasiones especiales.

¿Qué ha sido de la bajada del “IVA cultural”? Se puede decir que han sido los empresarios cinematográficos los grandes ganadores de ello. Es más, este verano se han hecho eco las quejas de los adeptos cinéfilos, quiénes han preguntado dónde se había notado esta reducción.

Los grandes beneficiados de esta medida han sido los espectáculos en directo, las galerías de arte, las bibliotecas que sí han respetado esta bajado haciéndoselo notar al público; hasta aquí todos contentos.

Pero cuán ha sido la sorpresa cuando en este saco no se han incluido las plataformas de televisión y música online. Vamos, básicamente lo que una persona de clase media más consume.

El precio al mes de estos medios, que actualmente están alcanzando su cuota más alta de suscriptores, cuesta lo mismo que una entrada de cine. Y me niego a entrar a discutir si tienen más o menos calidad, pero de lo único que carece es de la magia que tiene ir a por tu entrada de papel a una taquilla de las de toda la vida y sentarte delante de una mega pantalla.

Sucede lo mismo con el teatro. Me fascina ir, creo que el mérito que tiene una obra en directo está infravalorado, pero tienes que elegir una obra al mes como mucho, porque implica un gasto considerable.

Lo mismo pasa con los conciertos, sin entrar en grandes artistas o espectáculos instrumentales más clásicos. Ya no se trata solo de ir a ver al “Boss” o ir a deleitarte con la orquesta sinfónica interpretando alguno de los grandes. Se trata de querer y no poder.

No es cuestión de ir en contra del “valor añadido” a la cultura. Creo que es esencial para conservación y promulgación del arte en su amplio significado.

Uno de los más afectados siempre suele ser la industria editorial, siendo uno de las ramas más consumidas y que más trabajo conlleva. Pero hasta qué punto tengo que pagar por una edición de bolsillo (no hablamos de una edición especial) cuando son muchas las ayudas que reciben las editoriales más potentes y realmente muy poco lo que recibe el escritor.

Me niego a prescindir de la buena música, del buen cine, del buen teatro, de la buena pintura, del buen arte en general, tan subjetivo siempre. Pero también me niego a que se haga para unos pocos afortunados.

Quizás sea un sector más clasista de lo que se piensa. Esa idea a veces tan puritana de que uno no puede apreciar el buen arte. Y es gracioso, porque en general todos los que piensan así, presumen de snob y nada más lejos de la realidad.

Quizás se tenga que hacer un estudio más exhaustivo de lo que consume el ciudadano de “a pie”.

Quizás la culpa sea nuestra que no entendemos el hecho de ir a una galería sin antes o después tomarnos una copa de vino en una terracita…

Quizás, quizás, quizás.


Imagen: Tracy Thomas

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Extremeña de nacimiento y madrileña de adopción. Llego a Dévé para dar un enfoque práctico de los lugares con más carisma de la capital y hablar sobre diferentes asuntos que atañen al estilo de vida en su amplio significado (libros, música, arte...). Me encanta poder dedicarme a mi pasión y poder demostrar que el periodismo aún no está muerto.

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