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¿Hemos perdido el gusto por el esfuerzo?

Esfuerzo, recompensa y motivación parecen haberse desfasado | Nathalia Rodriguez (C)
Esfuerzo: Acción de emplear gran fuerza física o moral con algún fin determinado o empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades. Voluntad. Trabajo. En este artículo se presentan varias perspectivas sobre el esfuerzo, la recompensa y la motivación y su estado actual en las nuevas generaciones y el ambiente laboral, tras la crisis sanitaria. También se expone el margen de maniobra.

Parece que se ha perdido el gusto por el esfuerzo, particularmente en las nuevas generaciones. Quizá por la comodidad, por los avances tecnológicos o por nuestra naturaleza. Incluso en el sentido de diversión y entretenimiento, en el trabajo y hasta en las relaciones de pareja, parece que se esparce la voluntad de implicarse cada vez menos.

La economía del mínimo esfuerzo se disfraza de comodidad, eficiencia o acción para la salud mental, y ya se comienzan a percibir consecuencias en todo, a la vez, en todas partes. ¿Cómo resolverlo, en caso de que sea un problema?

“La pereza es la madre de todos los males, y como madre, hay que respetarla” 

Es bueno comenzar por los mecanismos cerebrales de la motivación. ¿Ahorrar energía para sobrevivir es parte de la naturaleza humana? ¿Es por eso que preferimos la plaza de parking más cercana a la puerta del supermercado en lugar de cualquier otra, preferimos ir con el móvil en el tren en lugar de con un libro o preferimos el envío a domicilio en lugar de ir a la tienda? ¿O por eso preferimos no meternos en problemas en lugar de enfrentarnos a alguien?

Quizá observar la crisis sanitaria facilite el análisis (o sirva de comodín). Por un lado se nota la falta de motivación; por otro, son interesantes los nuevos procesos de pensamiento en consecuencia de los meses de encierro en tiempos de pandemia.

Un ejemplo de esto, la Gran Dimisión. Muchos motivos la explican, pero la realidad se abre paso entre tanta palabrería: «¿Igual tiene que ver con la estructura de incentivos?», cuestiona Olli Carreira en una respuesta en Twitter. «Hace 20 o 30 años, estudiar solía correlacionarse con un mayor sueldo o mejores condiciones de vida. Ahora, hay segmentos completos de población que no van a salir de la pobreza aunque se maten».

La cuestión aquí es que si se hace un esfuerzo, ha de valer la pena. Si no, no hay razón para hacerlo.

La segunda pregunta es: ¿Qué hace que un esfuerzo tenga sentido? ¿Dónde está la recompensa? Hace falta que haya un sentido. ¿Para qué esforzarse si no lo hay? 

Recientemente, un guardia de seguridad, que prefiere mantener su identidad anónima, lamentaba su experiencia: «Una vez fui a enfrentarme a unos vándalos que habían parado un tren. Fui con la porra para dispersarlos, logré que se fueran. Días después me citan para un juicio en otra ciudad. Resulta que los vándalos me habían denunciado y a la hora del juicio, mi empresa me dejó completamente solo. ¡Había arriesgado mi vida para que ahora la empresa me dejara tirado! Perdieron el juicio, pero yo me pregunté ¿qué sentido tiene esforzarse por la empresa si luego me deja tirado? Entonces me he dicho: nunca más». Cada vez que un esfuerzo pierde su recompensa, desaparece su razón de ser.

El sistema del esfuerzo y de la recompensa: ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a tolerar la incomodidad o el dolor?

Si hoy nos divertimos menos y nos entretenemos más en parte es porque el sistema de motivación que relaciona de forma lineal el esfuerzo y la recompensa se puede manipular hasta hacer el ciclo de la recompensa ridículamente corto.

Para muestra, nuestra adicción al móvil o las relaciones líquidas: «En el cerebro tenemos dos sistemas que funcionan en paralelo», oigo decir a Sébastien Bouret, director de investigación del CNRS, tras realizar un experimento con primates y percibir que los animales mostraron una sensibilidad al esfuerzo pero no a la recompensa. «Uno que permite que trabajemos más para ganar más, independientemente del coste, y otro que permite ajustar la energía que le dedicamos a algo en función de la dificultad».

Con estas licencias en mano es normal hesitar ante los sacrificios. No obstante, una de las consecuencias es  la falta de motivación generalizada. Las generaciones más intolerantes al esfuerzo coinciden con las más desmotivadas, débiles, impulsivas, individualistas e infelices.

Más tolerancia a la incomodidad

Sería irreal abordar todos los frentes abiertos en un artículo de sociología sobre la pérdida del gusto por el esfuerzo. Pero para hacerle justicia, necesita una mención a las sociedades líquidas, con amplio margen de mejora en la gestión de los eventos incómodos. Eventos incómodos como trámites para los momentos cómodos que todos decimos desear.

En la cultura norteamericana, la palabra uncomfortable se hace elemento bloqueador de conversaciones difíciles y en la hispana «no querer problemas/ movidas» es escudo para no involucrarse en conflictos que hacen falta para bien esclarecer una relación o acabarla, por ejemplo. 

Al final se acaba en una sociedad que no se moja, no se involucra. Y ese es un problema: «¿Cuánta gente está dispuesta a pasar por las conversaciones difíciles, la conciencia sobre uno mismo, la terapia y todo lo que implica ser una persona emocionalmente madura y un buen compañero para otro?», pregunta Mark Manson, autor de The subtle art of not giving a fuck. «Probablemente los que tienen buenas relaciones».

¿Hace falta recuperar la motivación?

Seguramente, aunque mejor no correr tras ella a lo loco. La motivación es una ciencia y está ligada al placer y los mecanismos de cada cerebro a la hora de experimentarlo. Por ello no se trata solo de posponer recompensas, aunque probablemente haya que regresar a la disciplina propia, ajena y comunitaria. Personalmente, soy de nunca privar a alguien de experimentar las consecuencias de sus acciones, de ser firme en las decisiones y de no proteger a los niños de la verdad.

Si hoy tenemos resultados de encuestas de gente que está menos motivada desde el 2020, la solución no está en motivarlos per se, está en algo más estructural. Igual en lo laboral, donde el 67% de los directivos no sabe cómo motivar a sus empleados según un estudio. Sería demasiado fácil si un discurso de motivación resolviera el problema.

Entonces, en lugar de huir hacia adelante, quizá haya que permitirse la incomodidad de los procesos difíciles. No esperar a que algo sea placentero como único aliciente, sino despegarse del hedonismo como fin para valorar más el sentido del deber y del esfuerzo. Podemos escapar de la dictadura del cerebro reptiliano.

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Creo que nada es difícil si sabes hacerlo. Soy Esther, ingeniera de Caminos amante de los trenes y del progreso social que traen. Dirijo Dévé, donde edito y escribo sobre estrategia, liderazgo y dinámica social; pilares del desempeño pro y perso. La verdad —simple, directa y clara— te hace libre.

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